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La manada enaulada

Texto publicado originalmente en El Malpensante #172 marzo 2016

Todo aquel que sea vecino de uno de ellos lo sabe, un colegio es un lugar extremadamente ruidoso. Solo cuando ha salido el último de los alumnos y las puertas se han cerrado hay silencio. No me refiero solo a esos planteles educativos en donde, vaya uno a saber por qué, ponen a diario música a todo volumen, o donde algún profesor utiliza un megáfono para hacerse oír mejor en el patio, sino simplemente al ruido que está ahí de manera permanente en este tipo de espacios. Quizás mientras fuimos alumnos, mientras éramos nosotros los que producíamos el ruido no lo notamos pero basta con qué hagamos el esfuerzo de traer a nuestra mente los recuerdos escolares y no tardaremos en descubrir que están llenos de ruido. No me refiero, claro, ni a lo que aprendimos sobre Pitágoras o sobre la Segunda Guerra Mundial, sino a las carcajadas que no podíamos contener, al sonido de la caída estrepitosa de aquel al que le quitaron la silla en el momento indicado, a las historias que contamos y nos contaron. Me refiero también a los pasillos, en donde siempre pasa algo y el ruido es constante, voces, intercambios, maletas que se abren y se cierran, miradas, risas, discusiones, esferos que se caen, hojas que se usan para escribir o que terminan arrugadas en alguna caneca, sonidos diversos que se entremezclan entre sí en un solo bullicio ensordecedor que ni notamos mientras formamos parte de él. Y es que hasta el paso del tiempo se marca de manera ruidosa en un establecimiento educativo gracias al potente sonido de un timbre o de una campana que separa los momentos de silencio, las clases, de otros de algarabía y relajación, los recreos. Lo paradójico es que ahí, donde parece tan difícil lograrlo, la voz del profesor debe hacerse escuchar. Sigue leyendo La manada enaulada

Shine on your crazy diamond

Quizás el comentario que más escucho cuando comento que trabajo con adolescentes es el clásico: los jóvenes de ahora son terribles, no como los de antes….
En días como hoy tengo sentimientos variados hacia esa apreciación que se hace tan a la ligera. Lo primero que un adulto debería entender es que los jóvenes de hoy son un producto de los adultos de hoy. Se suele ver la cosa por separado y la realidad no funciona así, los jóvenes se encuentran estrechamente vinculados a los adultos necesitan su dinero, sus permisos y aprobación o desaprobación y cargan las cadenas y miedos de sus mayores.
Ante los excesos, el sedentarismo, el abuso de ciertos artefactos eléctricos, debe mirarse siempre hacia arriba, al adulto que ha permitido, facilitado o concertado esa situación.

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Enseñar

Muchas veces me preguntan que por qué enseño, que qué le veo a ese oficio.
Cuando trabajaba solo en la universidad no me lo preguntaban tanto, quizás sonaba muy serio o respetable. Desde que trabajo también en un colegio me lo preguntan más. A veces la pregunta esconde un tono de ¿pero tú no podrías estar haciendo otra cosa?
Me siento un poco como cuando estudiaba literatura y la gente también se sorprendía: ¿pero y eso para qué sirve?, o eran catégoricos: uy se va morir de hambre (vaticinio que estuvo lejos de cumplirse).

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Otra historia

Ayer tuve un día díficil porque los muchachos, en clase, estaban hablando mucho. El límite entre ser paciente y terminar convertida en el payasito de ellos siempre me ha parecido delgado. Ayer, ya un tanto harta, terminé por ponerles una tarea terriblemente absurda y larga para hacer; “¿no quieren trabajar en clase? -sentencié drámatica- pues trabajen en la casa”. Hoy llegaron callados y me alegra sentir que por encima de todo existe entre nosotros camaradería y con más de alguno un verdadero cariño.
Los viernes me gusta leerles historias porque creo, como lo dice Pennac, que uno debe dar a leer. Leí “La carta robada” de Edgar Allan Poe con tres clases de adolescentes. Con las dos primeras estuvo bien, dejé que algunos de ellos leyeran y en su mayoría hubo atención, con la última estuvo mejor… quizás porque fue el curso al que le puse una tarea más larga hubo, hoy, un silencio total…. Sentí a toda la clase concentrada. Yo fuií la única que leyó, ellos me lo pidieron, y yo leí con pasión, haciendo voces y pausas. El texto tiene varios momentos lentos e intenté, en la medida de lo posible, insertar el dramatismo necesario para que se conmovieran con esa aventura del intelecto que es este cuento. Cuando terminé todos aplaudieron fréneticos y yo estuve tentada a hacer una venia. Me dió gusto porque fue un momento especial, porque no deja de maravillarme que un texto escrito en 1800 consiga ser tan actual. Pienso en Poe, en su muerte solitaria en el hospital tras días de errar, perdido entre la nieve, confundido. Pensé en Baudelaire traduciéndolo al francés convencido de que se trata de su alma gemela, de una reencarnación pasada, quizás. Por eso mientras me aplaudían me senía un poco como Luke, en la última película de la saga de Star Wars, cuando estaban en la última celebración y a su lado se encontraban Yoda, ObiWan y su padre sonriendo desde otra dimensión……