el gato que escribe

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La manada enaulada

Texto publicado originalmente en El Malpensante #172 marzo 2016

Todo aquel que sea vecino de uno de ellos lo sabe, un colegio es un lugar extremadamente ruidoso. Solo cuando ha salido el último de los alumnos y las puertas se han cerrado hay silencio. No me refiero solo a esos planteles educativos en donde, vaya uno a saber por qué, ponen a diario música a todo volumen, o donde algún profesor utiliza un megáfono para hacerse oír mejor en el patio, sino simplemente al ruido que está ahí de manera permanente en este tipo de espacios. Quizás mientras fuimos alumnos, mientras éramos nosotros los que producíamos el ruido no lo notamos pero basta con qué hagamos el esfuerzo de traer a nuestra mente los recuerdos escolares y no tardaremos en descubrir que están llenos de ruido. No me refiero, claro, ni a lo que aprendimos sobre Pitágoras o sobre la Segunda Guerra Mundial, sino a las carcajadas que no podíamos contener, al sonido de la caída estrepitosa de aquel al que le quitaron la silla en el momento indicado, a las historias que contamos y nos contaron. Me refiero también a los pasillos, en donde siempre pasa algo y el ruido es constante, voces, intercambios, maletas que se abren y se cierran, miradas, risas, discusiones, esferos que se caen, hojas que se usan para escribir o que terminan arrugadas en alguna caneca, sonidos diversos que se entremezclan entre sí en un solo bullicio ensordecedor que ni notamos mientras formamos parte de él. Y es que hasta el paso del tiempo se marca de manera ruidosa en un establecimiento educativo gracias al potente sonido de un timbre o de una campana que separa los momentos de silencio, las clases, de otros de algarabía y relajación, los recreos. Lo paradójico es que ahí, donde parece tan difícil lograrlo, la voz del profesor debe hacerse escuchar. Sigue leyendo La manada enaulada

El asesino de Monserrate

Por coincidencia  en días anteriores subí una reseña del libro Retrato de un caníbal de Sinar Alvarado cuyo relato tiene numerosas similitudes con el del sonado caso del asesino de Monserrate. Abandono estatal, medios que parecen estar haciendo su agosto de sangre, historias que más allá de enfrentarnos a una serie de terribles crímenes no dejan de ser un indicativo de muchas cosas que nos definen como sociedad:

El papel de los medios comunicación que no tardan en bautizar al hombre como el monstruo de Monserrate más en un afán mediático que por otra cosa. Es cierto que existe esta costumbre de poner apodos a asesinos (Jack el destripador, el carnicero de Milwaukee, etc.) quizás se explique como la necesidad de deshumanizar al asesino, de verlo como otra cosa, algo diferente, pero tal vez el problema de fondo es buscar alejarnos de ese ser distinto que tal vez no es otra cosa que un reflejo del mundo que hemos construido. Los titulares, en general, me han parecido morbosos, ni hablar de los noticieros de televisión que parecen regodearse en las imágenes de los levantamientos de cuerpos en medio de la espesura de Monserrate. Sigue leyendo El asesino de Monserrate

El pasto que carcome el hierro

Siempre me han llamado la atención los parques de atracción abandonados.

Lugares diseñados para contener largas filas de gente que conversa, se ríe y contiene la emoción que siente, antes de montarse a la máquina de turno, de repente están en silencio, cubiertos de maleza.

Nueva York, Coney Island
Nueva York, Coney Island

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Aserrín Aserrán

El techo  del aserradero está roto.

Me imagino que cuando llueve el agua se cuela por todas partes, moja la madera apilada. En este reino de madera a nadie parece preocuparle esta enorme abertura.

Cierro los ojos para sentir el aroma penetrante del pino. El olor del aserrín fresco me trae  recuerdos de infancia. Recuerdos apenas tangibles, que no logro materializar de todo pero que me hablan de tierra y campo, de largas tardes perezosas de mirar el cielo sin preocupaciones mientras se mecen los árboles a lo lo lejos y algunos pedazos de aserrín se me han pegado al saco.

En este aserradero desvencijado consigo la madera que necesito y con habilidad el señor que me atiende, a quien apenas le entiendo lo que me dice, corta las láminas con rapidez. En la pequeña oficina pago y veo una foto del mismo sitio en el que estoy. Una foto ampliada de la fachada en todo su esplendor,  un pasado sin agujeros en el techo, un recordatorio de aquello que fue y que hoy se ha ido para siempre. 

 

Unas palabras: Joumana Haddad

A Joumana Haddad tuve el placer de oírla hablar en el Hay que tuvo lugar en Cartagena en el 2011.

Hadad ocupa por completo el espacio, es guapísima y segura de sí misma. No pasa  desapercibida con su melena negra desordenada y su mirada inquisitiva. Uno a uno rompe los estereotipos de lo que se considera debe ser una mujer árabe. Ella lo sabe y por eso sonríe con confianza.  En algún momento leerá un capítulo de Yo maté a Sherezade, su último libro del momento. Yo la escucho y me dejó seducir por su seguridad y desenvoltura. Aún no la he leído.

Yo-mate-a-Sherezade

Ella cuenta que al crecer en un país en guerra la lectura fue siempre una vía de escape. Creció en un ambiente conservador, donde muchas cosas estaban prohibidas y fue precisamente un libro, una lectura la que la liberaría de muchos prejuicios adquiridos: Justine del Marques de Sade.

En algún momento pronunciará estas palabras:

” No me hubiera gustado nacer en otro país con condiciones más favorables, viajando he conocido gente que ha conocido realidades más amables.  Yo siento que soy una carne sin piel, es más fácil darme dolor. Mi inmunidad es mucho menos que la de los los otros.”

Mi selección

selección

Hace 20 años, en París, me peleé con los que me dijeron que, al parecer, habían amenazado de muerte a los jugadores de la selección Colombia “Colombia será lo que sea pero la selección es sagrada, eso nunca va a pasar” les dije furiosa. La muerte de Andrés Escobar, días después, me demostró lo poco que conocía a mi país. Humillación, vergüenza, dolor. Solo quedaba bajar la mirada ante el doceavo extranjero aterrado que te preguntaba cómo había podido pasar eso. La selección actual me devolvió la fe, no solo por como jugaron, sino por su actitud valiente, centrada y humilde. Hoy nos fuimos del mundial pero hermandados en la felicidad colectiva, llenos de orgullo y con hambre de más (qué despedida más conmovedora tuvimos).Ojalá ese sea el país en el que nos estemos convirtiendo y que en un futuro, no muy lejano, no tengamos que bajar los ojos con vergüenza ante nadie.

Gabriel García Márquez In memoriam

 

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“Tengo otra pesadilla más poética. Estoy sentado en una habitación en que duermo y veo frente a mí, tranquilamente sentada, una mujer que ha muerto hace mucho tiempo. En el sueño yo sé que ha muerto por la manera de mirarme, por la manera de decirme en silencio que está dispuesta a responder a una pregunta que me intranquiliza. Le pregunto: ¿Cuándo me voy a morir? La mujer, impasible, me responde: Cuándo te empiece el cansancio del brazo.”
Entrevista a Gabriel García Márquez por Arturo Guerrero, Revista Casa Silva, N.1,1988.

Sobre el plagio

El caso de plagio de Gabriela Salazar en el último libro de Pilar Castaño es el resultado de dos realidades inquietantes:
1. La poca consciencia que existe en la actualidad sobre los derechos de autor y la ligereza con que se toman imagenes o textos de internet y se presentan como propios (cualquier profesor ha padecido esto en los trabajos de sus alumnos)
2. Sin embargo, no menos inquietante es que Pilar Castaño contrate a una joven de 19 años para hacerle el trabajo. Nadie duda que su portafolio fuera interesante (y que ella sea talentosa) pero la explicación, más bien, radica en pagar 5 millones por un trabajo que hubiera costado mucho más si hubiera sido hecho por un profesional. El ahorro de dinero puso a alguien inexperto a enfrentar una presión para la que no estaba preparada (aunque eso no justifica el plagio, claro está).
Finalmente, lo que esto pone sobre el tapete es la manera cómo se valora el trabajo de ciertas profesiones, en este caso, la de los diseñadores.
Como dicen por ahí: lo barato sale caro….

Comentario “casual”

Este comentario “casual” de un lector de El Tiempo confirma lo lejos que estamos de vivir en una sociedad donde las mujeres y los hombres tengan los mismos derechos:
“Entonces si una mujer, jóven, madura o veterana usa una minifalda (faldita con 20 o más cms. arriba de la rodilla), la exhibe públicamente, es porque de seguro cree tener unas piernas sensuales y atractivas. Si ella ignora que las hormonas masculinas no se alborotan, están muy equivocadas y más si el macho ocasional tiene unos tragos en la cabeza y ella lo ha “pre-calentado” y al final pretende dejarlo con el motor “recalentado”. No señores, ellas ingenua ó perversamente se exponen a situaciones que pueden lamentar. Si Ud. tiene una cita con una chica y esta llega con minifalda o vestimenta muy sensual, es porque ese huevo quiere sal. No será siempre, pero las posibilidades son muy altas.”

Ni para que detenerse en la comparación hombre-carro, y lo terrible que debe ser quedar “recalentado” y cómo eso justifica cualquier agresión contra la mujer. Y ni hablar de la esmerada metáfora “ese huevo quiere sal”.