cocina

Recetas de mis amigas (2010) Cecilia Faciolince de Abad

        Los libros de cocina son parte de mis artículos más preciados.De niña me gustaba mirarlos, sobre todo cuando tenían fotos, y deseaba prepararlo todo. Me gustaban más que nada los postres y los mitos que rodeaban ciertas preparaciones por ejemplo la pregunta de si uno tenía mano para hacer subir las claras o la certeza de que el “humor” de alguien alteraba el sabor de la comida. Cocinar desde entonces me remite a saberes ancestrales, me asombro descubriendo nuevos ingredientes o mezclas que desconocía y siempre pienso en aquellos que indagaron en medio de la naturaleza y lograron descubrir cómo debía consumirse tal o tal producto. En esta suerte de terapia que es cocinar para mí todo se detiene, se hace más lento, porque es necesario tener calma y tomarse el tiempo necesario para transmutar claras en picos de nieve, líquidos en sólidos, sólidos en líquidos, en esta alquimia cotidiana que es la cocina. Heredé libros  de mis abuelas y también pedazos de papel con recetas que guardé con precaución.Son libros que he empacado en mis múltiples trasteos y que ubico siembre encerca del lugar en el que cocino. Muchas de las páginas están chorreadas, manchadas, arrugadas o hasta rasgadas tras algún movimiento imprevisto. Me encanta que así sea porque ese es el destino de un libro de cocina que ha sido utilizado con intensidad.

Me es difícil no pensar que el internet con sus videos explicativos o su variedad de recetas a la mano no estén golpeando a los libros tradicionales y no a esos que vienen con manual de salud incluido o a los que son de cocineros famosos. El caso es que de mi pequeña colección uno de lo que más aprecio es el escrito por Cecilia Faciolince de Abad. Es uno de los más básicos en cuanto presentación se refiere. No hay fotos espectaculares, ni divisiones a colores. No importa. Hace años que soy vegetariana y las recetas que contiene no están enfocadas en ese tipo de cocina, tampoco importa. Faciolince no hace parte de la nueva cuisine i se presenta como autora de sus recetas es una recopiladora. Es por eso que este texto me recuerda los cuadernitos desordenados, garabateados, donde se guardaban las recetas antes (en realidad, ese es su origen) y, sobre todo, es un libro en el que la autora se toma el tiempo de contar, en algunas recetas, quién le enseñó a hacer ese plato, cuándo lo servía o a qué miembro de su familia le gustaba más. Son detalles claro, pero son esos detalles los que hacen la comida importante porque cuando a uno le gusta cocinar, cuando hacerlo es un acto de amor, una manera de compartir con otros, o con uno mismo, una manera de festejarse y regocijarse por estar vivo, las recetas cuentan historias o crean nuevas (lo supo Proust, lo confirmó Ratatouille).

Ese espíritu está en el libro de Cecilia Faciolince que he disfrutado durante estos años y que he sabido manchar y arrugar como corresponde, como se lo merece.

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