Dolor de patria

Durante días he escrito en mi cabeza buscando las frases con las cuales lograr, de alguna manera, expresar el horror, la impotencia, el desamparo frente al drama de los secuestrados de este país.
Han pasado los días y a la terrible desazón de esos días, contemplando las fotos y las pruebas de supervivencia, se suma el hecho de que la vida ha continuado su cauce y que de nuevo se llenan los días de minucias, de pequeñas preocupaciones y rápidas alegrías. En medio del trabajo, los alumnos, las risas, las pequeñas historias intento pensar en todos ellos ha quienes les han arrebatado de un cuajo la posibilidad de vivir y es un instante de dolor el que acompaña su recuerdo. Lo triste es que el dolor termina por diluirse lentamente porque si no sería imposible respirar, caminar, mirar los días pasar.

¿De qué pequeñas cosas se llenará la cotidianidad de estos desaparecidos forzosamente? ¿De qué manera albergar sueños, esperanzas frente a tanta crueldad y frente al silencio de una sociedad que los olvida rapidamente?
Todos estos sucesos me hacen pensar en la materia de la que estamos formados, quizás es la hora de reconocerse como cobardes, cómplices desde el silencio, espectadores callados que contemplan la maldad desde el confort de un cómodo sillón. No me gusta pensarme como cobarde, como cómplice, como facilitadora pero la lección parece haber calado: toca pensar en otra cosa.
No entiendo la pasividad social que acompaña mi país y sin duda ese el mayor logro de los interminables baños de sangre que nos han sacudido, así como nos convertimos en un pueblo recursivo somos incapacidades de levantarnos contra los más terribles atropellos. El silencio, la amnesia inmediata hacen parte de nuestra esencia. Infinitamente individualistas cuidamos nuestra parcelita, nuestro pequeño terruño esperando que nadie lo ensucie, nadie lo toque.
Nos perdemos en infinitas distracciones y creemos que esta realidad es común a un país escindido y violento.
Aprendemos que aquí gana el más fuerte, que es necesario buscar atajos y salidas rápidas, que los caminos rectos pueden no terminar conducendo a ninguna parte, al otro lo puedo agredir, palmotear, debo exigir mis derechos con violencia, hablando duro porque el más macho gana, el que cede se jode y por el camino, mientras se aplica tan magna filosofía, llenarse de historias superficiales que impidan pensar en lo que hago, en lo que hacen lo demás, en lo que está ocurriendo.
El día que leí la carta de Ingrid se me escurrían las lágrimas, mi hija angustiada me preguntó qué me pasaba y cuando le expliqué y le mostré las fotos, porque no quiero que ella viva en la ignorancia total del país que habita, ella se puso a llorar conmigo.
¿Servirá, francamente, eso de algo?